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Rititi

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INÍCIO

  • Callar Madrid

    Madrid no respeta el silencio. Vocifera en los bares, en las puertas de los hospitales y de los colegios, en las estaciones de metro y en las esquinas donde los amantes buscan esconder sus besos. Las calles amplifican el rastro de los coches, de las motos, de los autobuses, en un murmullo chivato, como si fuera obligatorio dejar tatuado en los oídos el paso cansado de la vida ajena. Madrid no guarda secretos, toda la ciudad es testigo de un susurro enamorado, del lloro del niño, del número del cupón que nunca ganará la lotería, de la llamada telefónica, de la vida agotada de los que la habitan. Madrid no calla ni en Las Ventas, rodeada que está de avenidas, vendedores ambulantes, bares, mierda de perro, banderas, casi desgarrada por una M30 donde rugen urgentes el tráfico y los horarios apretados. Invaden la plaza las prisas, las críticas y sus ruidos y entre vasos de whisky y cigarros mal apagados se repiten a cada tarde los paseillos y las rutinas taurinas. Sí, la Feria de San Isidro es un ritual, pero a Madrid le cuesta dejar fuera de la plaza el e-mail al cliente y el recado a la asistenta, porque en esta ciudad la vida nunca se queda al otro lado de la puerta. Tal vez a Madrid le duela el silencio, tal vez sea una responsabilidad que no quiera asumir, enfrentarse así a su propia conciencia. Cuando Talavante, en esa tarde de Santa Rita, se plantó, señor de su faena, allí en los medios, en los tendidos de Las Ventas se pedían más cervezas y menos artistas. Ruido, mucho ruido, de un público habituado a la mediocridad y la vagueza. Pero entonces, sucedió. Silencio. Algo tan sencillo como una mano izquierda, algo tan hermoso como unos naturales largos y templados, como dibujados en el aire por un dios inventor del toreo. Silencio. Un modo honesto de entender la faena. Quietud y hondura. Al final a Madrid se le silencia así, con honradez, con serenidad, con inteligencia. Y todo lo que parecía imprescindible antes, todo el run-run y el murmullo, toda la impaciencia de la vida allá fuera, se desvaneció, se vaciaron las gargantas irascibles, a nadie le importó lo que podría suceder al otro lado de la puerta. Por una vez la belleza calló a la bestia enfurecida. Y Madrid, durante los minutos que duró la preciosa faena de Alejandro Talavante ese 22 de Mayo, pudo descansar un poco. El llanto del niño dejó de escucharse, ya a nadie le importunó el precio de los billetes de lotería, no pasaron los coches en la M30. Y los amantes incluso pudieron besarse en una esquina clandestina sin que a nadie pareciera importarle.



    Por Rititi @ 2014/05/27 | 4 comentários »