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Rititi

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INÍCIO

  • DEL OTRO LADO DE LA FRONTERA

    Dice mi madre que fui la última niña en nascer en el hospital de Estremoz, un domingo de carnaval. Hacía, me repite todos los años, un frío espantoso, y yo resulté ser un bebé tan grande, tan hermoso y tan gordo, que las monjas se felicitaban como si el hecho de haber asistido a mi nacimiento les diera algún tipo motivo para vanagloriarse sin rozar la soberbia. De resto, el parto resultó ser macabro, la experiencia de arrancar casi cinco quilos de carne del útero de una veinteañera primeriza habrá estado más cercano a la matanza de un cerdo que a la romántica imagen del alumbramiento del niño Jesús, casi dos días de contracciones, dilataciones, fórceps, carnes que se rasgan, sangre y secreciones, aunque mi madre jura y perjura que jamás gritó ni gimió (las madres presumen siempre de tener cintura de avispa en el día de la boda, de no gritar en los partos y de haber recuperado la tal cintura de avispa en menos de un mes.). Con los años entendí la insistencia de repetir lo del frío espantoso. El hospital donde mi madre me parió habría servido de convento, con un imponente claustro con naranjos en el centro, calado a blanco y con las paredes forradas a mármol. Verás, Estremoz está cercada por agujeros de donde salen toneladas de bloques de mármol que se apilan encima unos de otros como rascacielos mastodónticos sin ventanas ni puertas, templos helados sin terminar. Los suelos de las calles, las paredes de las casas bajas que rodean la pousada, las fuentes comunes en las que mi abuela lavaba las sábanas a mano, el pelourinho donde siempre nos robaban los gitanos, los puestos del mercado de pescado que ahora sirve de museo de la ciudad, todo está cubierto de un mármol blanco, limpio y helador. Tener frío nos entristece, nos encoje, la espalda se achica, los huesos duelen y las manos se te hinchan de ronchones. Nadie es feliz con el frío. Siempre hace frío en Estremoz, dicen, aunque yo no viví allí. Nací y me llevaron con menos de un mes. Primero a Luanda, después a Madrid, después a Badajoz, y a Elvas y a Badajoz otra vez y a Cáceres, hasta que me harté de estar siempre al otro lado del espejo. No me sentía de nada, no tenía pueblo, no era de ningún país, por no tener no tenía ni un triste acento al que agarrarme. Y ya que me habían obligado a ser de la frontera, de la raya de encinas y del Guadiana, entonces podría ser de donde me diera a mí la real gana, y así que elegí mi idioma y mi ciudad, mi río, mi pandilla y mi hombre y me fui a Lisboa sin intención de volver a ningún otro lugar que no considerara mi casa. Me aprendí el horario de los eléctricos, el nombre de los porteros de las discotecas y a no caerme con los tacones en la calçada, festejé la fiesta de Santo Antonio con sardinas a la puerta de una casa de 30 metros y me enamoré del azul acuático del Tejo y lo hice mío, como si siempre hubiera sido lisboeta, de esa luz, de ese río y de ese hombre. Pero en Lisboa también hace frío, y las noches se me volvieron solitarias y la cama demasiado grande cuando ese hombre se fue a Madrid. Me vine buscándole en la cama y otra vez me quedé sin país, ciudad y río. 14 años después sigo del lado equivocado del espejo, en este Madrid con un cielo que insiste en ser demasiado azul, sin río donde reflejarme ni porteros a los que engañar para que me dejen entrar en las discotecas de moda. Pero finalmente siento que pertenezco a un lugar: de la casa hemos hecho un país y lo llenamos de niños, cuadros, olores, comidas y de su propio idioma, el amor. Ahora, a los 43 años, todos los días al llegar a casa sé que, por fin, estoy del lado correcto de la frontera.



    Por Rititi @ 2018/03/01 | 3 comentários »

  • Mari says:

    Yaaaaay! A Rititi voltou. 🙂

  • De volta!
    Que bom!!

  • José Ignacio says:

    Me ha emocionado un montón, Rita.
    Gracias por volver a escribir.
    Un abrazo desde las orillas del Guadiana.

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