Ahora que la cosa se ponía cachonda se me acaba el horario de verano, cagonlalecheputa, y no me refiero a las espeluznantes imágenes de la nieta de Franco retozando al lado de ese hombretón del norte que parece salido de la charcutería de un pueblo, por dios bendito. Que va, amigas telespectadoras, lo que me hace hervir la sangre lusitana es no poder asistir como manda da ley divina al terrible final que le espera a la malvada Dínora Rosales. Así lo dictan las normas de la esclavitud laboral y a mí no me pagan, desgraciadamente, para ver la tele. ¿Dínora, os preguntáis? ¿La arpía sedienta de sexo lame-pechos de machos fuertes y completos? Pues sí, Dínora Rosales, la cabra loca de las haciendas colombianas. Entiendo que el público de Pasión de Tíos Buenos, perdón, de Gavilanes prefiera los ojitos amorosos de la requetedulce y cariñosísima Norma Elizondo, pero a mí francamente siempre me han caído mejor las malas de las telenovelas, condenadas emisión tras emisión a una muerte violenta o a la frigidez más absoluta. Qué putada, tú. En la vida real las malas, esos putones con mal fario y hiel corriendo por las venas, acostumbran a ser nombradas herederas universales o administradoras de un patronato multimillonario. Observen sino el destino de Marina Castaño. Pero en la ficción de sobremesa a las bellacas los guionistas les tienen reservado el ostracismo, la humillación total, el hundimiento en el lodo moral y la condenación apocalíptica. Tiene cojones la cosa. Total, que ser mala, por lo menos en las telenovelas moralistas de ochocientos capítulos, no compensa.
Me huele a rancio tanto enseñamiento, no sé si me explico. Aunque las malas normalmente tienen personalidades mucho más interesantes que las buenas chicas (son además el supra sumum de la elegancia, la hostia de listas y más próximas, en fin, al mujerón que te revienta los ojos si las miras demasiado) a más no pueden aspirar que acabar asesinadas en oscuros callejones con olor a meao, atropelladas o exiliadas en Miami, para regocijo del público sediento de finales felices. Por mí que se trata de un mensaje oculto de las cadenas de televisión. ¡Sino que me expliquen como Cristal se pudo quedar con Carlos Alfredo, si era la tía más pánfila del universo! Por no mencionar que las hermosas protagonistas de las telenovelas son, objetivamente, gilipollas, abobadas y sin el mínimo de intuición para detectar los autores de las innumerables putadas que les suceden todos los santos días. El mongolismo, la ñoñería y los morritos de pena se pagan con una casa con doce criadas y un descapotable en la puerta, un marido que normalmente es tontolaba perdido y un par de gemelos que suelen aparecer de la nada en el último capítulo.
Así que me perderé el macabro final de la bella e díscola Dínora Rosales que, o mucho me equivoco, morirá aplastada por una manada de caballos salvajes en pleno momento orgiástico mientras que la atontada de Norma la mira abrazada al macizorro de Juan Reyes en el porche de la hacienda, con los gemelos en el descapotable y las criadas fumando canutos.









